Carlos Fuentealba, el obrero que estudió de profesor

Por Mariana Caballero (para el diario La Capital)
(*) Profesora del Normal Nº 1 y del Instituto Superior Olga Cossettini

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Diez años atrás, en una ruta de Neuquén, mataron a un docente. Se llamaba Carlos Fuentealba y daba clases en dos escuelas secundarias. Se había recibido con mucho esfuerzo y era, según nos cuentan, un buen docente y un buen padre. Había salido a protestar por aumento de salario junto a sus compañeros de Aten, su sindicato. Recibió como respuesta una granada, no un tiro ni una bala perdida, sino una granada enorme, bestial, en su cabeza lúcida. Murió dejando a todos sin consuelo.

El país entero se paralizó ese día. Hubo indignación y marchas. Dolor en cada uno de nuestros rostros. Mataron a un maestro, repetíamos. Mataron a un maestro. Y hasta nuestros hijos se inquietaron. “Mamá, ¿a ustedes les va a pasar lo mismo?”, preguntó Cami, de 9 años.

Carlos murió a manos de un policía, Darío Poblete, que hoy está preso. Pero la orden de disparar venía de más arriba. Jorge Sobisch, el entonces gobernador neuquino, aún debe responder por su crimen.

Matar a un maestro que lucha es intentar disciplinar por el miedo al resto de los trabajadores. La respuesta a diez años de ese crimen muestra el espíritu rebelde de los docentes.

Hoy las enormes luchas del sector renuevan y actualizan la memoria de lo que pasó allá en ese cruce de caminos en Neuquén. Pero no sólo recordamos a Fuentealba por el minuto de su asesinato. Lo recordamos como un buen maestro que cuando decidía luchar ponía el cuerpo. Porque enseñar significa muchas veces librar numerosas batallas contra condiciones adversas de trabajo, que son a la vez infames condiciones de aprendizaje para nuestros alumnos. En esas aulas se talla la sensibilidad de los maestros. Es que los docentes apoyados en la esperanza de enseñar toreamos un sueldo y vemos en primera fila la injusta pobreza de los chicos: nadie sale de la docencia indemne. De esa combinación de injusticia y rebeldía nacen los cientos de miles de Carlos Fuentealba que poblaron en estos días nuestras inmensas movilizaciones por apertura de paritarias nacionales, por aumento de salarios, por capacitación continua, por mejora en las condiciones laborales.

El nombre de Fuentealba ya es un símbolo que se convirtió en palabra clave para designar al mismo tiempo la indiferencia criminal de algunos gobiernos y la defensa obstinada de la escuela pública.

En esa escuela de todos nadie “cae”: es la escuela que levanta a los hijos del pueblo de la miseria planificada y el egoísmo de las élites. Es ella el único lugar donde se distribuyen a los niños y jóvenes las palabras, los números, el arte y las letras que se reparten como panes y peces infinitos de la cultura. Es desde esas aulas donde se intenta construir desde abajo una sociedad mejor, más bella y justa para todos.

Quienes mataron al profesor Fuentealba creyeron que nos dejaban con un maestro menos. Nosotros hoy sabemos, en cambio, que en cada aula donde se ayuda a que los chicos piensen y aprendan, en cada escuela donde el afecto dirige la enseñanza, en cada maestro y en cada padre solidario con la causa de los trabajadores, Carlos Fuentealba, el obrero que estudió de profesor, está presente.

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