Carta Abierta a las fuerzas revolucionarias y progresistas de América Latina y el Caribe

Esta carta abierta fue escrita colectivamente en febrero de 1990 en La Habana, Cuba. Trabajó en la misma, además de los firmantes, el comandante Manuel Piñeiro Losada, cuyo nombre en aquella época no era conveniente que apareciera. Esta carta surge tras la debacle ideológica que se produjo ante la caída del bloque socialista. En este material histórico, quedó plasmada la justa y digna posición de cinco Partidos Comunistas que, a través de sus representantes, reafirmaron su voluntad de lucha contra el capitalismo y la necesidad de seguir buscando caminos para construir el Socialismo.

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Apreciados compañeros y amigos:

En estos días de aguda crisis, de intensa ofensiva imperialista y de grandes potencialidades revolucionarias, hemos decidido hacer llegar a ustedes nuestras inquietudes y reflexiones sobre el complejo período en que vivimos. El momento no es para inhibiciones. Está en una etapa crucial para las revoluciones y las luchas patrióticas y populares en nuestra América Latina y en todo el Tercer Mundo.

La crisis del sistema imperialista

Nunca antes nuestro continente y todo el Tercer Mundo habían vivido una crisis tan profunda y generalizada. Nunca antes el poder imperialista de los Estados Unidos ha tenido tantos problemas y tantos riesgos derivados de su política de sometimiento.

El estrangulamiento de las posibilidades de desarrollo de América Latina y del Tercer Mundo se le revierte al imperialismo en una masiva emigración que traslada a su propio territorio los males provocados y que amenaza su estabilidad social interna.

La tendencia a los estallidos sociales y a la inestabilidad política crece en los países dependientes.

Las profundas y cada vez más amplias aspiraciones democráticas de nuestros pueblos no se satisfacen con democracias considerablemente restringidas, negadoras de una participación real y del poder de decisión de nuestros pueblos.

Las drogas que inundan la sociedad norteamericana en un proceso de indetenible descomposición social, sólo benefician a los intereses mercantiles de los más encumbrados sectores de poder estadounidense aliado con las mafias narcotraficantes latinoamericanas que aprovechan el ahogamiento económico de América Latina y condenan a grandes masas a depender directa e indirectamente de estas actividades. La situación así creada tiene hoy, dada su gravedad, un importante efecto desestabilizador en la sociedad estadounidense. Los Estados Unidos van perdiendo terreno como superpotencia económica dentro del propio sistema capitalista. Pierde terreno en esa vertiente frente a Japón y a Europa Occidental y se refugia fundamentalmente en su poderío militar para mantener su hegemonía.

Dos crisis paralelas

El poder imperialista de los Estados Unidos, sin embargo, está ensoberbecido, a pesar de la profunda, prolongada y dramática crisis que afecta su sistema de dominación y de la creciente descomposición en su propia sociedad. Esa actitud se aprovecha del hecho de que su grave crisis coexiste ahora con la crisis de determinados modelos socialistas seriamente afectados por el alto grado de burocratismo, centralismo, dogmatismo y otros factores estructurales y coyunturales.

Estamos frente a dos grandes crisis. Por un lado la crisis del sistema capitalista mundial, cuya existencia ahora es la causa de los agudos y dramáticos problemas que afectan a la inmensa mayoría de los seres humanos; y, por el otro, la crisis de modelos socialistas que se burocratizaron y se tornaron ampliamente autoritarios y represivos, alejándose así del ideal original que fundía la justicia social con la democracia, para garantizar un continuo proceso de autosuperación.

Del mismo modo que la carrera armamentista emprendida por el imperialismo norteamericano constituye la causa de su actual crisis, la dinámica armamentista en la Unión Soviética, aunque por motivaciones distintas y bajo el funcionamiento de mecanismos económicos diferentes, es asimismo la que condujo al período de su estancamiento económico y a la crisis. La «perestroika» surgió como una necesidad de enfrentar esa crisis y de renovar el socialismo.

Los nuevos lineamientos, que primero se circunscribieron a plantear la aceleración económica y el paso del desarrollo extensivo al desarrollo intensivo, rápidamente fueron precipitados al terreno de la democratización política y de la transparencia informativa. Ese necesario viraje se produjo, sin embargo, presentando problemas imprevistos, evidenciando grandes debilidades ideológicas así como las enormes dificultades de la carencia de una estrategia coherente de renovación socialista y una fuerza capaz de impulsarla y conducirla exitosamente.

El cambio sacó a la superficie los problemas acumulados en la Unión Soviética y desató los demás procesos en Europa Oriental, desarrollando un complejo clima de desestabilización institucional y de pugnas políticas que hacen más tortuosa la democratización, crean nuevas complicaciones y presentan nuevas desviaciones.

La exacerbación de la prepotencia de la administración Bush se deriva, pues, de las profundas debilidades existentes en el campo de las fuerzas del socialismo. Esas debilidades se expresan en crisis, desviaciones e insuficiencias teóricas que han conducido a un embotamiento preocupante del antiimperialismo, del internacionalismo y de las posiciones revolucionarias en no pocos de los componentes de esas fuerzas.

El imperialismo sigue existiendo

Dentro de esa línea, las posiciones extremas llegan al colmo de plantear la «inexistencia» del imperialismo y a considerar a las potencias capitalistas como «no adversarios» e incluso, como posibles «socios» dentro de un proceso de convergencia entre sistemas y fuerzas realmente antagónicas. Nuestra objeción a ese pensamiento y a esa actitud es categórica.

Es claro que el imperialismo de hoy no es idéntico al que Lenin describió en las primeras décadas de este siglo. Pero también es más que evidente que el imperialismo existe y que sigue siendo el principal enemigo de los pueblos y el gran responsable de las más conmovedoras penurias y sufrimientos que hoy azotan a la humanidad.

El sistema imperialista no debe ser juzgado exclusivamente por sus polos subdesarrollados, por sus centros más ricos, por los países capitalistas que exhiben mejores niveles de bienestar económico y social.

El sistema imperialista es mucho más que eso y precisamente esos polos han sido el producto de una depredación, un saqueo, una explotación y una extorsión sin paralelo en la historia mundial. El denominado Tercer Mundo, del cual forman parte nuestra América Latina y el Caribe, constituye la dimensión dramática y trágica de este sistema, plagado de injusticias, discriminaciones, inseguridad social, desempleo y formas de alienación presentes en el propio mundo desarrollado.

La realidad es que el imperialismo existe con mayores niveles de voracidad y agresividad y con recursos, capacidades tecnológicas y experiencias acumuladas que le garantizan una opresión más global y multifacética, y con un uso más intenso de potentes medios de dominación, mucho más modernos y sofisticados que los empleados en otras etapas.

Porque vivimos y sufrimos esta realidad, porque luchamos por transformarla, nos alarman y nos indignan las nuevas tesis sobre la supuesta caducidad del antiimperialismo y de las revoluciones populares en estas regiones oprimidas, superexplotadas y empobrecidas; tesis que lamentablemente tienen incluso ya una determinada gravitación en el «nuevo pensamiento» o «nueva mentalidad» impulsadas desde la «perestroika».

Sólo a través de un enfoque limitado a la pérdida relativa de la importancia económica de los países dependientes dentro del sistema imperialista y de un abandono de la visión crítica del capitalismo, puede arribarse a esas tesis improcedentes, que entendemos deberían abandonarse.

Por la paz, el humanismo y la revolución

Esa firme convicción no limita nuestra valoración positiva de los esfuerzos de la Unión Soviética y otros países, destinados a lograr acuerdos interestatales con las grandes potencias capitalistas que eviten las grandes tragedias que amenazan la existencia de la humanidad. Tampoco obstruye una equilibrada reflexión sobre los cambios que tienen lugar en otras partes del mundo.

Comprendemos la preocupación presente en Europa por los amenazantes problemas globales relacionados con los peligros de guerra termonuclear y con los dramáticos desequilibrios ecológicos provocados por la civilización industrial. Nos solidarizamos con los anhelos de paz duradera y respaldamos las iniciativas y acuerdos en esa dirección.

Nos alegramos cuando las aspiraciones de renovación, democratización y autodeterminación cobraron fuerza en los países del Este europeo, cuyos modelos burocráticos entraron en crisis y en fase de agotamiento.

Saludamos las proclamas iniciales sobre la necesidad de revitalizar el humanismo en esa zona del mundo. Nada de esto ha tenido ni tiene objeción de nuestra parte. El dogmatismo, la unilateralidad y el aferramiento a viejos esquemas o a extremismos infecundos no forman parte de nuestra manera de pensar y actuar. Compartimos todo lo que es creatividad, renovación, democratización, valoración de lo nuevo y esfuerzos para superar la falta de desarrollo de la teoría revolucionaria.

Puntualizaciones y objetivos

Pero en torno a estos aspectos, consideramos imprescindible hacer algunas puntualizaciones, dada la negativa evolución de esos procesos. No creemos que la democratización deba circunscribirse al este europeo y asumirse copiando esquemas y modelos de democracia representativa, que en el mundo occidental han entrado en crisis y revelado sus limitaciones, porque resultan extremadamente formales y no garantizan la participación y el poder de decisión de los pueblos. No creemos en la sinceridad de las proclamas de libertad y democracia que formulan países capitalistas y fuerzas neoliberales que oprimen, condenan al hambre, el analfabetismo y la insalubridad a cientos de millones de seres humanos. Nos solidarizamos con las fuerzas democráticas y progresistas que luchan al interior de esos países por los intereses más amplios de la sociedad. No creemos que la renovación y democratización necesarias dentro del socialismo deban ser desviadas por senderos de la privatización capitalista que tantas injusticias y males han provocado. No creemos que el internacionalismo y la solidaridad deban ser reemplazados por el egoísmo nacional y la contemporización o complacencia con el imperialismo. No creemos en una paz que se reduzca a la paz entre los grandes. No creemos en un humanismo que se limite a los países del Norte o se quede en la Casa Común Europea y desprecie las dos terceras partes de los habitantes del planeta que viven y sufren en el Tercer Mundo, aunque valoramos positivamente todo lo que esa Casa Común signifique para la independencia de Europa frente a los Estados Unidos. No creemos que los Estados Unidos y demás países imperialistas puedan ser definidos como «no adversarios» de los pueblos y del socialismo. No creemos en el repliegue y el desarme unilateral del socialismo y de las fuerzas revolucionarias, mientras los Estados Unidos refuerzan su estrategia de guerra de baja intensidad y sus planes de militarización del espacio para lograr hegemonía en materia de armamentos. No creemos que ningún interés global pueda ser contradictorio con la redención de los pueblos oprimidos del tercer mundo y con las luchas por la democracia, la paz, la justicia y la autodeterminación que se libran en Centroamérica, Palestina, Sudáfrica y en todas las naciones vilmente pisoteadas de Asia, África y América Latina. Nos indigna la prepotencia imperial en cada uno de esos lugares. Nos indigna que nos quieran imponer como «ideal» su cuestionable modelo de democracia lleno de limitaciones y cargado de discriminaciones y manipulaciones, que ya han motivado un alto nivel de objeción y abstención en su propia sociedad y que sirve de disfraz a múltiples atropellos y opresiones dentro y fuera de sus fronteras. Nos indigna su descaro y su cinismo actual. Nos preocupa que la «perestroika» esté siendo distorsionada, que se esté separando de sus propósitos de ofrecer más socialismo y más democracia; nos preocupa que dentro de ella se desarrollen y ganen terreno los partidarios de corrientes procapitalistas, los nacionalismos separatistas y contrarrevolucionarios y los enterradores del internacionalismo revolucionario atraídos por la convergencia con los Estados Unidos y otras potencias capitalistas. Estamos profundamente convencidos de que el debilitamiento del internacionalismo en la Unión Soviética fortalece el chovinismo contrarrevolucionario que amenaza debilitar e incluso desintegrar ese estado multinacional. El repliegue en materia de antiimperialismo e internacionalismo se revierte contra la propia unidad de la Unión Soviética. Aunque nos preocupa el debilitamiento político sufrido por la Unión Soviética y más aún en los países de Europa Occidental a causa de la crisis y de la ausencia de vanguardias esclarecidas y con autoridad ante los pueblos para asegurar el rumbo socialista de los acontecimientos que allí se están desarrollando, tenemos que reconocer que las dirigencias políticas de la Unión Soviética y de los países de Europa del Este enfrentan de diferente manera la lucha que se libra entre preservación y renovación socialista y regresión capitalista. Mientras en algunos países de Europa Oriental sus dirigencias se inclinan abiertamente por la inserción de sus países en el capitalismo, la situación en la Unión Soviética y algunos otros países se presentan de modo distinto y en general la regresión capitalista está por verse. Comprendemos lo difícil del presente período en esos países, lo complicado que resulta retomar el rumbo socialista que rearticule el socialismo con la democracia, valoramos los desvelos de todos los que se empeñan en que la renovación implique una fase cualitativamente superior de socialismo y no sea desnaturalizada por la influencia capitalista. Alentamos sus trascendentes esfuerzos y les deseamos los mejores éxitos en esa nueva batalla. Nos preocupa que las debilidades del socialismo hayan facilitado la intervención militar en Panamá, la contraofensiva derechista en Nicaragua, las maniobras de los Estados Unidos y el deteriorado y genocida régimen salvadoreño, las graves amenazas que se ciernen contra Cuba revolucionaria, la escalada imperialista en toda la región.

Nuestras convicciones

Creemos firmemente en la paz para todos y con dignidad. Creemos en la renovación socialista. Creemos en la democracia con poder popular, en una democracia que potencie la participación de las organizaciones y de los nuevos sujetos políticos y sociales. Creemos en la necesidad de rescatar el ideal socialista original que reúne en un mismo proyecto las transformaciones sociales y la democracia. Ese ideal sigue en pie y lucharemos por conquistarlo. Creemos en la paz entrelazada con la liberación y la renovación. Creemos en la necesidad y la posibilidad de las revoluciones populares para alcanzar la democracia, la justicia social y la soberanía. Creemos en el internacionalismo revolucionario y en la necesidad de sostener con firmeza las banderas del antiimperialismo. Nuestros pueblos son víctimas del imperialismo y no podemos renunciar a la lucha revolucionaria por su emancipación y por la nueva democracia que esa dominación obstruye. En nuestro Tercer Mundo la situación es desgarradora. Las estructuras y modelos capitalistas dependientes carecen de soluciones y agravan los males que provocan. Las instituciones se corrompen, la democracia se mutila y restringe, la soberanía es pisoteada y las tensiones sociales y políticas se acumulan. Esta es una crisis de exclusiva responsabilidad del sistema capitalista, en continuo proceso de empeoramiento. Por estos y otros factores, el centro de la ebullición revolucionaria se ha trasladado desde finales de la década de 1950 al Tercer Mundo. En el presente, esta realidad es todavía más intensa y palpitante, presentando una gran potencialidad revolucionaria en América Latina y un especial dinamismo revolucionario en Centroamérica y en el Caribe, sin dejar de poner atención a la riqueza de los procesos políticos y sociales que se desarrollan en Brasil, Uruguay, Perú, Argentina y otros países. La vida indica que América Latina y el Caribe no tienen alternativa de desarrollo, de democracia y de soberanía dentro de la dominación imperialista, ya que es precisamente esa dependencia la que nos ha hundido en el atraso, en la pobreza y en la carencia o limitaciones a la libertad. Las necesidades políticas, sociales y económicas de los pueblos latinoamericanos no pueden satisfacerse con estas democracias en crisis, vaciadas de contenido social, tuteladas por grupos poderosos y por el poder imperialista. Nuestros países requieren de revoluciones profundamente democráticas que den participación y poder de decisión a todos los componentes del pueblo trabajador y a todos los sectores que pueden contribuir al desarrollo con justicia social y sienten las bases para llevar a cabo el ideal socialista.

La revolución es el gran reto histórico

Lo anterior no sólo quiere decir que la revolución continúa vigente históricamente, sino que constituye una necesidad y la posibilidad para la solución de los problemas de América Latina y el Caribe y del Tercer Mundo. Esto nos impone un gran reto. El reto es mayor si se tiene en cuenta, además, que los virajes revolucionarios en el Tercer Mundo, particularmente en América Latina y el Caribe, tienen capacidad de impactar, e incluso alterar y desestabilizar el sistema imperialista y podrían, de incrementarse y ampliarse, revertir la euforia temporal de sus dirigentes y forzarlos progresivamente a aceptar la idea de un nuevo orden económico y político internacional, basado en un auténtico humanismo abarcador de todos los pueblos, de toda la humanidad. Nuestro movimiento revolucionario y las fuerzas democráticas, antiimperialistas y progresistas de esta parte del mundo debemos y podemos aceptar ese reto y disponernos a encarnar la nueva esperanza. Es preciso crear y potenciar las vanguardias revolucionarias a través de la unidad, la lucha y la relación estrecha con las masas populares. Es preciso construir una gran alianza por la democracia y la autodeterminación. Es preciso fortalecer el tercermundismo y el latinoamericanismo para librar una lucha sin cuartel por la victoria de nuevos proyectos democrático-revolucionarios y por la liberación de nuestros pueblos. Esto incluye una firme defensa de Cuba socialista como pionera de la transición revolucionaria latinoamericana y baluarte del antiimperialismo y el internacionalismo en esta región. Incluye, asimismo, una firme solidaridad con las reservas de la Revolución Popular Sandinista, representadas en el FSLN y en los demás factores de poder popular que perduran después del revés electoral, sobre cuyas causas es preciso reflexionar para superar errores. Incluye, muy especialmente la solidaridad para con la lucha del FMLN, y de todas las fuerzas patrióticas y democráticas salvadoreñas que apuntan hacia una nueva y trascendente victoria y, asimismo, con el batallar ascendente del URNG en Guatemala y con las luchas democráticas que hoy se libran en Haití, Colombia, Brasil, Perú, Argentina, Chile, Honduras y otros países. Esta es una gran verdad y una gran necesidad.

Pensar con cabeza propia

Pero dentro de la agenda revolucionaria latinoamericana no es posible obviar el impacto de lo que acontece en Europa Oriental. Esos problemas han tenido un impacto contradictorio en las fuerzas revolucionarias y progresistas del continente: en una parte de ellas han provocado desmoralizaciones y estímulos a concepciones alejadas de nuestras necesidades y trasplantadas de procesos europeos, en otros sectores han reafirmado profundas convicciones revolucionarias, antiimperialistas y socialistas dentro de una clara determinación de independencia creadora. Nosotros nos ubicamos entre estos últimos y nos disponemos a poner nuestros corazones y esfuerzos en dirección a pensar con cabeza propia y a desarrollar nuestra posición en medio de las extraordinarias potencialidades revolucionarias existentes en este continente. Nuestro viraje integral, nuestra rectificación revolucionaria, la renovación nuestra, tiene su propia problemática y sólo podría ser fructífera dentro de una línea de unidad y combate antiimperialista y de estrecha vinculación entre revolución popular y democracia participativa e integral. Nuestra renovación debe tener bien presente todo lo positivo de las corrientes renovadoras y democratizadoras a escala mundial, adecuándolas a nuestras condiciones particulares a través de un gran esfuerzo de elaboración propia y de búsqueda de la originalidad necesaria. Los procesos en Europa del Este, con todos sus aspectos positivos en cuanto a ejemplos de democratización y autodeterminación que contrastan con la opresión vigente en América Latina y el Tercer Mundo, responden a condiciones y crisis particulares y exhiben desviaciones, debilidades y modalidades que no tienen por qué ser trasplantadas o copiadas. Es improcedente copiar tanto lo negativo como lo que no se ajusta a nuestras realidades. Dediquémonos nosotros a elaborar y a luchar en función de nuestras necesidades y particularidades y teniendo en cuenta nuestras tradiciones históricas y las características de nuestras sociedades en crisis. Busquemos alternativas democráticas, revolucionarias e innovadoras.

Llamamiento

Agrupemos fuerzas en esa dirección.

No dejemos que la dispersión y la desmoralización se tornen irreversibles.

Coordinemos nuestras capacidades y voluntades transformadoras.

Unámonos para luchar en todos los frentes; para relanzar el ideal revolucionario, para superar dogmatismos, para enfrentar las desviaciones derechistas y las claudicaciones, para combatir con vigor a nuestros enemigos, para hacer rectificaciones y renovaciones auténticamente revolucionarias, para fortalecer el antiimperialismo, para darle contenido popular a la lucha por la democracia, para avanzar hacia nuevas revoluciones democráticas y patrióticas, para rescatar el valor de las metas socialistas, para desarrollar luchas concretas que eleven la moral y la capacidad de las fuerzas liberadoras en la periferia y los centros del sistema capitalista mundial.

Unámonos para combatir y demostrar que las fuerzas del cambio pueden y deben recuperarse del impacto de estos fenómenos negativos, que los reveses sufridos son pasajeros, que las dificultades actuales pueden ser superadas, que la crisis del sistema imperialista y de nuestros enemigos es un tremendo potencial a nuestro favor.

En este Tercer Mundo, en este continente convulsionado, deben cifrarse las nuevas esperanzas revolucionarias, esperanzas que los cristianos, los antiimperialistas, los marxistas, los demócratas, los socialistas, los nuevos líderes populares, los movimientos sociales innovadores, podemos contribuir a convertir en realidad, procurando además que en todo el planeta las fuerzas del progreso se decidan por detener y derrotar la contraofensiva imperialista estadounidense.

En este mundo y en este continente convulsionado deben cifrarse las nuevas esperanzas revolucionarias.

En América Latina los sujetos de la liberación y la transformación se integran por una inagotable pluralidad social, política, religiosa e ideológica que reúne a obreros, campesinos, semiproletarios, marginales, empleados, maestros, estudiantes, intelectuales, cristianos, empresarios, etc., bajo las banderas de los más amplios intereses nacionales, populares y democráticos.

Es digno destacar el papel que dentro de esta pluralidad desempeñan los cristianos al vincular los contenidos humanistas del cristianismo con la lucha por resolver la dolorosa realidad social, política y económica de las masas latinoamericanas.

Esa posibilidad existe; pues, pese a todo, en esta parte del mundo las dificultades del imperialismo norteamericano son enormes y en la propia sociedad estadounidense su sistema pierde credibilidad y crecen en la actitud de protesta y los nuevos movimientos sociales.

Nuestra lucha se entrelaza así con la lucha del pueblo norteamericano y su promisorio abanico de fuerzas solidarias, cada vez más amplio y más sensible, cada vez más firme en su desafío a las discriminaciones, a los falsos valores, a la descomposición y a todo lo inhumano de ese sistema opresor.

Clamamos por una expresión unitaria de esa necesaria voluntad de lucha en todos los rincones de la Tierra.

Clamamos por la más amplia y vigorosa unidad de todas las fuerzas y sectores que en el continente están por los ideales de justicia, independencia, democracia y paz.

Clamamos por más firmeza antiimperialista.

Clamamos por más creatividad revolucionaria. Clamamos por la revitalización del internacionalismo revolucionario.

Clamamos por darle continuidad a los grandes ideales latinoamericanos de Bolívar, Sucre, San Martín, Morelos, Santa María, Morazán, Martí, Sandino y Farabundo Martí.

Abrazos fraternales,

Humberto Vargas Carbonell, Partido Vanguardia Popular Costa Rica

Rigoberto Padilla Rush, Partido Comunista de Honduras

Narciso Isa Conde, Partido Comunista Dominicano

Schafik Jorge Hándal, Partido Comunista de El Salvador

Patricio Echegaray, Partido Comunista de la Argentina

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