Bicentenario y lucha de clases

1816 – 9 DE JULIO – 2016

por Rogelio Roldán

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De 1810 a 1816, durante la guerra contra el colonialismo, se vive una intensa lucha de clases. A la contradicción con la metrópoli saqueadora se suma el ansia emancipador de las masas populares, expresado -aún no fuera público- en el Plan de Operaciones. El proyecto revolucionario desafía los intereses de la burguesía comercial portuaria y sus aliados terratenientes saladeristas, todos probritánicos. A la par, la situación mundial se torna cada vez más compleja, la reacción monárquica, con la Santa Alianza, se dispone a recuperar las colonias perdidas; en nuestro caso ayudando al “Fernandito de m…”, como le decía el general San Martín. A partir de 1812, con Moreno asesinado y Belgrano y Castelli presos y enjuiciados por la reacción, la dirección política del general deviene en determinante. San Martín tenía muy claro que para hacer una revolución había que tener una fuerza política de masas, un territorio y una base material -económica e ideológico cultural- en la cual apoyarse y hacerla fungir de retaguardia activa de la revolución. Desde su base del Plumerillo, aplicando todo el rigor a los godos, la oligarquía y el clero reaccionario, hace cumplir el Plan de Operaciones y pone al ejército a desplegar la acción liberadora con un cambio profundo en las formas económico-productivas del país y en impedir la restauración de las instituciones políticas y sociales de la colonia. Es decir, en la necesidad de crear un nuevo Estado con gobierno popular. Desde ese posicionamiento establece el derecho de guerra y dirige una guerra de nuevo tipo: nacional contra el invasor colonial, guerra de todo el pueblo y antisistema feudal, una guerra revolucionaria de alcance continental. Esta articula la “guerra de partidarios” (de guerrillas) en el norte con las Republiquetas y Güemes, con la “guerra de línea” del Ejército Unido del Plumerillo y con la “guerra de recursos”, de inteligencia militar y civil y de sabotaje económico y militar a ambos lados de la cordillera. El plan se basó en su idea acerca del papel histórico decisivo de las masas populares -experiencia que vivió en las guerrillas españolas- y en su comprensión del papel del Estado en la economía. Es útil notar que con el plan sanmartiniano las provincias del Cuyo florecieron en sus economías, hasta ser ahogadas por el liberalismo de la generación del 80. Advertía la necesidad de un partido político -secreto por las condiciones de la época- para dirigir el proceso. Ese partido fue la Logia Lautaro, que en lenguaje conspirativo él llamaba la “escuela de matemáticas”. Por medio de ella su influencia en la Asamblea del año XIII se manifiesta en leyes populares al afirmar la política económico-social de Moreno y Belgrano, enfilada a liquidar el poder de la burguesía comercial y terrateniente, incluyendo la liberación de los esclavos y la partición de tierras. Esta idea es la base del planteo de “movilización general” que impartió en Cuyo. Con la Logia dirige el trabajoso proceso de inicio del Congreso de Tucumán, pleno de contradicciones. Exige que funcione y que no demore en declarar la independencia. Reclama hacerlo para poder salir de la resistencia y pasar a la ofensiva con el cruce de Los Andes. Plantea a los diputados de la Logia que sin la proclama independentista no serán vistos como un país que defiende su soberanía, sino como “insurgentes que enfrentan al mismo de quien se proclaman vasallos” y eso les restaría apoyo, o cuanto menos neutralidad, de los demás países del mundo. Si bien la ofensiva político-militar, combinada con Bolívar y Sucre desde el norte, triunfó en 1824 en Ayacucho, la primera independencia no fue definitiva porque no se habían desarrollado históricamente las fuerzas sociales llamadas a sostenerla y por el sabotaje de las clases dominantes, que desde su ninguneo al Congreso Anfictiónico de 1826 hasta hoy se alinearon subordinadas al capital imperialista de matriz inglesa primero y norteamericana actualmente. Aquellos revolucionarios sabían bien que solo una patria continental única los fortalecía para impedir el dominio del momento y a futuro. Su otra idea básica era que la única salida efectiva pasaba por la lucha por el poder, sabían que el imperio no negocia, aplasta. A doscientos años vista, esa convicción es plenamente vigente, el imperialismo atenta contra la unidad nuestroamericana para debilitarnos y las derechas locales vienen por todo, su plan es ajuste, entrega y represión. Los delegados de Wall Street en la Rosada le añaden el cipayismo más genuflexo. El pedido de perdón a los ladrones de Repsol, Iberia y Telefónica, más la provocación de invitar al borbón el 9 de Julio, como en su momento al jefe del Operativo Cóndor el 24 de marzo, son muestras de hasta dónde pretenden llegar. Ante semejante desastre no se trata de “dar gobernabilidad”, un homenaje consecuente a estos dos siglos de lucha popular es la construcción de una política de poder popular que asegure la independencia definitiva, garantizada por la revolución social.

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