Mayo y nuestra Segunda Independencia

Por Rogelio Roldán

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Los acontecimientos políticos de la semana de mayo de 1810, en especial su momento culmine el día 25, durante doscientos años se han manipulado y reducido en una gama que va desde el simplismo más trivial, -caso emblemático la (anti)“pedagogía Billiken”, que lo enseña como algo que simplemente ocurrió, una suerte de rayo en el cielo sereno-, hasta una exposición más refinada por parte de los intelectuales orgánicos de la dominación, que se manejan con periodizaciones propias del pensamiento eurocentrista, trasplantadas e injertadas a la fuerza en el acontecer nuestroamericano.
En esencia, a ese proceso político y social se lo presenta como un hecho aislado de la realidad continental, específico del territorio que luego se llamaría Provincias Unidas del Río de la Plata. El otro eje de manipulación es afirmar que fue producto de la acción de un grupo de sabios iluminados.
En verdad fue una revolución anticolonial, independentista, democrática, antiesclavista, por la manumisión de las masas originarias y de liberación continental.
Hay que mirar, entre sus antecedentes, el ciclo de luchas que se inicia en 1780, con la insurrección masiva de José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru y, más cercanas en el tiempo, la revolución haitiana, iniciada en 1791, que proclamó su independencia y la abolición total de la esclavitud el 1 de enero de 1804, además de derrotar a las tropas napoleónicas enviadas a sofocar la nueva república. Junto a ella está el levantamiento de Chuquisaca del 25 de mayo de 1809. También en el territorio bajo dominio portugués los levantamientos antiesclavistas eran permanentes, constituyendo lo que se llamó “palenques”, que eran zonas liberadas con miles de habitantes, localizados en el nordeste del actual Brasil. El más importante de ellos, el de Zumbí dos Palmares, duró 64 años. Realidades similares se vivían en la hoy Centroamérica, encabezados por Morelos, Hidalgo, Morazán y otros dirigentes populares alzados en armas contra el dominio colonial extranjero.
Es útil reparar en que los más conspicuos dirigentes de este proceso revolucionario venían organizando sus estrategias y sus partidos desde mediados del siglo 18. Francisco de Miranda tuvo que emigrar a Europa y fue Mariscal de las tropas de la Revolución Francesa en lucha contra la reacción en territorio de Bélgica ya en 1792, época en la que fundó la Sociedad de Caballeros Racionales y la Logia Lautaro, que eran partidos clandestinos para la conspiración en América. Partidos a los que se afiliaron San Martín, Nariño y la mayoría de los futuros jefes revolucionarios locales.
Todo este intenso accionar político se hacía desde el enfoque de lo que hoy conocemos como “Patria Grande”. Ningún jefe popular pensaba en fraccionar el continente en repúblicas bajo el arbitrio de las oligarquías regionales, a las que solo les interesaba sacudirse el yugo español para explotar de modo exclusivo las riquezas y el trabajo en sus dominios. Pruebas al canto: cuando Simón Bolívar se exilió derrotado en Haití, el presidente Alexandre Pétion le armó una escuadra para volver a la lucha contra la reacción heredera del antiguo virreinato de Nueva Granada. También el hecho de que San Martín formó el Ejército de Los Andes, que era continental, internacional, no de un país dado, para encerrar a las tropas realistas en una pinza de la que su palanca norteña era comandada por Bolívar y Sucre. Es bueno que se sepa que esa acción le costó a San Martín la condena a muerte por rebeldía y motín, decretada por la reacción porteña. No por azar Pablo Neruda escribió: “No, aún no secaban las banderas,/ aún no dormían los soldados/ cuando la libertad cambió de traje,/ se transformó en hacienda”.
Si bien los jefes del proceso revolucionario en nuestro país -el ala izquierda del movimiento- fueron Juan José Castelli, Manuel Belgrano y Mariano Moreno, a los que se sumaron luego José de San Martín y Bernardo de Monteagudo, además de Juan José Artigas en la Banda Oriental, la participación popular fue masiva. Por ejemplo, French y Berutti no eran repartidores de escarapelas, eran los jefes de los piquetes que debían tomar el cabildo si Belgrano -ante una posible negativa de Cisneros a renunciar- hacía señas con un pañuelo desde el balcón. No resulta ocioso anotar que estos piquetes se habían fogueado en la resistencia a las dos invasiones inglesas, incluso habían acaparado y escondido armamento. Son ellos el núcleo principal de tropas y jefes de los cuerpos de combate creados por la revolución, el más representativo fue el Regimiento Estrella. Este, al comando del Coronel Domingo French, venció el motín realista de Córdoba. French dio el tiro de gracia a su jefe, el ex-virrey Liniers.
Igual protagonismo tuvieron las masas negras, ellas se incorporaban al Ejército de Los Andes pues automáticamente quedaban libres, su heroísmo está certificado en la orden de San Martín de enterrar en tumbas individuales, no en fosa común como se hacía en la época, a la infantería negra que decidió la batalla de Maipú y con ella la liberación de la hermana Chile. Lo mismo debemos anotar en cuanto a las tropas originarias y sus jefes indios Mateo Pumacagua, Vicente Muñecas, Camargo, etc., y americanos como Ignacio Warnes, Padilla y la Coronela Juana Azurduy en la Guerra de las Republiquetas y en la columna de la Sierra, comandada por el general Antonio Alvarez de Arenales, o de los escuadrones de Granaderos, integrados por guaraníes, negros y criollos, que combatieron a las órdenes del Mariscal Sucre en la pampa de Ayacucho.
Cierto es que aquella lucha fue derrotada y hasta hoy sus tareas están por cumplirse. Pero de ningún modo -a criterio de quien escribe- se la puede reducir a un simple correlato de los problemas internos de la corona española por la invasión bonapartista ni quitarle su contenido revolucionario porque no pudo construir un nuevo régimen social. La época no daba para imaginarse el socialismo, no existía tampoco una base social desarrollada para sostenerla en el tiempo. Además la guerra contra las tropas monárquicas y el sabotaje de la reacción interna y de los agentes ingleses conspiraron en su contra. Sin embargo, la batalla del núcleo revolucionario por liquidar las instituciones coloniales y derrotar a las clases dominantes fue tenaz. Ahí está la “Representación de los Hacendados”, escrita en 1808 por Belgrano y Moreno, primer documento en que se plantea la reforma agraria (con el lenguaje de la época) en estas tierras. Está el “Plan de Operaciones”, producto de la pluma de Mariano Moreno pero seguro que en inspiración conjunta con Juan José Castelli y Manuel Belgrano, que no era solo una estrategia político-militar para desarticular al partido conservador, sino todo un programa de desarrollo económico, social y cultural. No es mera coincidencia que se tardara cien años en descubrirlo y que Mitre lo ocultara por largo tiempo más. Ahí están las Columnas Auxiliadoras del alto Perú y de la Banda Oriental, el Decreto de Honores, La Gazeta de Buenos aires y muchas otras medidas políticas al respecto. Por algo se asesina a Moreno en alta mar, se destituye y confina a Belgrano y Castelli, se condena a muerte a San Martín y se asesina a Monteagudo en Lima.
Esta historia de insurgencia popular -que nos quieren robar- es claramente ilustrativa acerca de la combatividad de Nuestramérica, ella nos alienta -y nos reclama- a redoblar la lucha unida por la segunda y definitiva independencia y por un cambio social y estructural profundo, antiimperialista y anticapitalista, que la garantice para siempre. Creo que esta es una mirada oportuna de la semana de Mayo en este Bicentenario recorrido por vientos liberadores en toda Nuestramérica.

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