La rebelión husihiulke

Por Matías Bustelo

Un país sin creatividad es un contrasentido: no existiría ese país. Y si la tuvo y se le agotó, simplemente dejó de existir, no pudo reinventarse en su crisis de ausencia de recreación de su imaginario colectivo e implotó de ausencias, que las ausencias estallan con violentamente. La creatividad es motor de la supervivencia de cualquiera. Nada nos queda si ya no podemos crear y sólo nos queda resto (y lo vemos a diario) cuando seguimos pudiendo crear.

Argentina es superviviente y en cada una de sus aparentes muertes cíclicas lo será. Hay tanto que verle para recrearla que es prácticamente imposible que desaparezca. Argentina nació para seguir existiendo. No pueden agotarse las infinitas reversiones de sus vivencias colectivas. En este triángulo final hay mucho presente compartido y mucho pasado presente como para hacer, con esas dos materias nomás, el edificio de la cultura nueva, que será otra, positiva o negativa, toda vez que la argentinidad lo decida. Le basta para ello sólo ejercitar su creatividad argentina.

La creatividad no nace de un repollo ni viene en el buche de un biguá ni es un designio demiúrgico de Tata Dios. Todo creativo es demiurgo de un mundo posible y sólo si se le coarta la posibilidad de imaginar es que se siega su verdad anhelada, su palabra constructora. Entiéndase: su proyecto humanamente divino.

Así sentimos cuando leemos La saga de los confines, que es cuando entendemos que su autora, Liliana Bodoc, no sólo puede pasar por uno de los más claros ingenios de la actual narrativa argentina sino, también, por nosotros mismos contando un cuento fantástico, nuestro cuento, cualquiera sea ese cuento y cualquiera sea de nosotros quien lo cuente. Somos los husihuilkes de Los Confines y cualquiera de nosotros puede ser Dulkansellin, el más valiente o Kuy Kuyen, la más hermosa o Cucub, el más revelado y rebelde de los hombres de arte y de paz. Somos la salvación de las Tierras Fértiles y quien no pueda sentirlo así ya está muerto, no existe, ha entregado a los mentecatos su vena creativa y sus jardines a los perejiles.

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“No quieren seres humanos empoderados”, dijo Bodoc después del más triste noviembre de los militantes argentinos del campo popular. Y afirmó, luego de apuntar su infancia “en un hogar en donde todos pertenecían al Partido Comunista y eran también militantes”: “no creo, en lo absoluto, en los actos individuales y en las inspiraciones privadas o íntimas. Creo que, de alguna forma, siempre son reflejos del reflejo ideológico de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Yo recuerdo claramente cómo estaba buscando una mirada distinta de los pueblos originarios, sobre nuestro ser mestizo, sobre nuestra potencia continental. Y desde luego que todo eso influyó enormemente. Y diría que fue tan decisivo como lo estrictamente literario a la hora de empezar La saga de los confines”.Esa introspección se verifica en esta autora como una busca interna del yo colectivo, tarea necesaria para comprender cuánto y cómo se parece el vecino a uno mismo, aunque el vecino parezca abonar otro proyecto.

“Hay muchos que estamos trabajando para que se entienda que el registro de la literatura fantástica es enormemente serio y es rotundo también para hablar de la realidad”, afirma, fantaseando realidades en las que nosotros, los de abajo, tenemos sed de victoria y de un mundo nuevo y nuestro, donde nada nos sea ajeno y podamos gozar tranquila y colectivamente de ser lo que somos.

A esta certeza la hace arder en su evidencia cuando recuerda a uno de los más notables narradores comunistas argentinos, su comprovinciano Antonio Di Benedetto: “me decís los Andes y a mí se me viene el nombre de Di Benedetto como si se me viniera el Aconcagua”.

Y ahora, en la renovada avanzada de las Tierras Antiguas contra nuestras Tierras Fértiles, cuando un derrotado con apariencias de vencedor rinde tributo en Davos a Misáianes y sus sideresios adscritos al Odio Eterno, la Bodoc nos advierte que lo que pasa “es apenas el inicio de lo que va a ser, claramente para mí, una avanzada de la extrema derecha que nos deberá encontrar peleando, pero peleando con muchísima firmeza”.

“La verdad, no pensaba en absoluto en ser escritora, quizá tenga que ver con toda una época en que nos empezamos a sentir orgullosos de lo que somos, de lo que pensamos, de nuestra magia, de nuestro color”, nos confía Liliana Bodoc, que la flasheó para no dejar de sentirnos y de sentirse. Dice que necesitamos: “héroes americanos, ya no anglosajones. Magos chamánicos, no ya druídicos”.

Si recogiéramos el guante, entenderíamos que es hora de dejar de mirarnos al espejo, que ya sabemos lo que somos para gritarlo y que lo sepa el que raye. Sólo estaremos muertos si gana el silencio. Cosa imposible cuando estamos tantos tan hechos de puro ruido.

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